Despertares Fragmento 2

Intenté levantarme, pero mi estado de desorientación y el entumecimiento de mis articulaciones hicieron que cayera de bruces. No pude contestar el teléfono a tiempo, pero al menos ya me encontraba de pie. Comencé a mirar alrededor; no había notado que todas las ventanas estaban tapizadas, con maderos atravesados y láminas de metal colocadas entre las protecciones. Algo raro estaba pasando aquí.

—¡Padre! —grité de nuevo mientras caminaba recorriendo la sala en busca de mi padre. Nada. Las luces funcionaban parcialmente. Recordé aquel estruendo, tal vez un transformador explotando… Las llaves tiradas al lado de la puerta me hicieron reaccionar. Traté de abrir, pero parecía estar atrancada por fuera. Una rápida inspección a la sala me hizo caer en la cuenta de que al lado de la mesa había unas cajas, y sobre ellas, una hoja, sostenida por una pequeña caja de madera. Me acerqué curioso. La caja parecía una caja de puros. Al abrirla encontré algo que ni por un instante me esperaba: un revólver, un arma preciosa. Recuerdo haberlo visto hace algunos años, cuando mi padre lo limpiaba…

—Perteneció a tu abuelo, ¿sabes? —decía mi padre con voz conciliadora—. Él era un policía ejemplar —continuó con un ensombrecimiento en su rostro. A pesar de mi corta edad, ya sabía que mi abuelo había muerto asesinado; al parecer había descubierto a gente demasiado poderosa en negocios dudosos—. Es lo único que tengo de él —dijo mi padre. El recuerdo se esfumó al caer el papel que se sostenía con el peso de la caja, una nota. Pude notar cómo mi cuerpo se helaba al saber que esa podría tratarse de una nota de despedida. Al tiempo que me agachaba, trataba de refutar esas ideas de mi mente, apartarlas. La nota decía lo siguiente:


Querido Seth:

Es difícil tratar de explicarte en unas simples letras lo que siento en estos momentos: frustración, culpa, y todas aquellas veces que te he fallado como padre se conjuntan en este último error. Aun así, trataré de solucionarlo. Pase lo que pase, no salgas de casa. He dejado provisiones suficientes para un par de semanas. Pase lo que pase, haz caso de mis palabras: no salgas de casa y, si alguien, quien sea, intenta entrar a la casa, dispara. Tal vez suene demasiado excesivo, pero será necesario. Espero podértelo explicar después. Trata de no encender las luces y ten la seguridad de que te quiero, hijo. Espero puedas perdonar mis errores…


Una carta sin duda desconcertante. Tardé unos segundos en aclarar mis ideas. ¿Por qué habría asegurado la casa? ¿A qué último error se refería?

El sonido del teléfono acomodó mis ideas de nuevo. Me apresuré a responder. Un sonido seco y constante, como una especie de zumbido, no permitía distinguir lo que se escuchaba detrás de la línea.

—Seth… —alcancé a distinguir.

—¿Quién es? —pregunté extrañado.

—Valek, ¿estás bien? —Al escuchar que se trataba de mi mejor amigo, me sentí extrañamente aliviado.

—Valek, ha ocurrido algo muy extraño —dije al tiempo que guardaba la nota de mi padre en mi bolsillo.

—¡Y que lo digas! ¡Mi padre me ha encerrado! —dijo con la voz y aire siempre alegre que de alguna forma siempre conseguía reconfortarme. También él se encontraba en la misma situación. Sin duda era algo desconcertante.

—¿Seth? —escuché un poco distante mientras volvía mis pensamientos a la realidad.

—Sí, yo me encuentro en la misma situación. Mi padre dejó una carta muy extraña —le confirmé al tiempo que caminaba a revisar las cajas, que en efecto estaban llenas de productos enlatados y una pequeña caja con municiones para el revólver.

—¡A que incluso mi padre me ha dejado municiones para el rifle de caza! —dijo Valek un poco excitado. La situación parecía ser más que una coincidencia.

Mi mente comenzó a relacionar las cosas. Tanto mi padre como el de Valek (y por qué no decirlo, la mayoría de la gente de la ciudad) tenían una cosa en común, y era que trabajaban en ese laboratorio gubernamental instalado hace algunos pocos años justo en el centro de la ciudad. Valek y yo habíamos hablado un par de días antes de la extraña ausencia de nuestros padres, causada por las “emergencias” que habían estado suscitándose en las instalaciones.

El padre de Valek era el encargado de la seguridad de uno de los niveles del laboratorio, la sección B3. De la misma manera, mi padre era uno de los ingenieros dedicados a la construcción del sistema de seguridad de los laboratorios y esas ausencias se nos hacían demasiado extrañas, confirmando así que algo extraño estaba pasando con lo que ocurría en estos momentos.

Mi mente regresó de sus divagaciones al escuchar de nuevo a Valek que decía:

—¿Crees poder venir a mi casa? Yo me encuentro completamente encerrado y tardaré algún tiempo en poder salir, ¿qué dices? —preguntó Valek instándome a responder.

—Sí, estaré ahí lo antes posible —contesté, y unos segundos después la confirmación de Valek y el sonido de la línea cortando la llamada me colocaron en otro extraño letargo. Comencé a analizar la casa. Bajé al garaje y me di cuenta de que todo estaba completamente asegurado, no había forma de salir de ahí.

Busqué las llaves por unos minutos, pero no encontré nada. Al examinar la chapa en un intento algo estúpido de poder abrirla, noté que incluso encontrando las llaves hubiese sido inútil, ya que tenía un pedazo de llave roto dentro. Pasé unos segundos analizando el revólver y pensando qué podría hacer para salir de ahí. Podría desclavar las tablas y quitar la lámina, para después romper alguno de los vidrios. Sin embargo, eso llevaría demasiado tiempo, y por alguna extraña razón, sentía que eso era precisamente lo que no tenía.

Después de pensarlo durante mucho rato, dejé que mis impulsos guiaran mis acciones. Subí rápidamente a mi habitación, tomé las llaves del auto e inmediatamente bajé a recoger las provisiones que había en las cajas. Coloqué las municiones en las bolsas de mi chamarra y las demás cosas en el asiento trasero del auto. Lo eché a andar. El auto era un modelo viejo, que mi padre había decidido abandonar, pero que con el paso del tiempo, al crecer, decidí que podría utilizar. Su carrocería acababa de ser hojalateada un par de semanas antes. Comencé a acelerar el motor. La idea de tratar de tirar la verja con el auto en un principio me sonó muy descabellada y demasiado impetuosa. Sin embargo, al recordar que la reja ya estaba suficientemente floja, y que según teníamos planeado mi padre y yo, la repararíamos la semana anterior, pero las “emergencias” en su trabajo lo habían evitado.

Un sonido seco y un leve tirón hacia adelante y hacia atrás fue lo único que sentí al estrellar el auto contra la verja. Como lo supuse (y agradezco que así haya sucedido), la verja se venció por el lado donde pensábamos repararla. Sin más contratiempos, aceleré.

Las calles lucían bastante extrañas, había muchísimo menos tránsito del habitual, y los sonidos comunes de la ciudad parecían estar ausentes. De todos modos, eso no fue muy notorio, porque las calles donde vivíamos Valek y yo regularmente no presentaban demasiada actividad, y dado lo nublado del cielo, parecía que en cualquier momento volvería a llover, razón más que suficiente para no ver gente en las calles.

Traté de sintonizar la radio, pero por alguna extraña razón la estática había tomado la señal. Me encontraba distraído tratando de sintonizar la radio, cuando de pronto vi que un auto se encontraba atravesado en medio del camino. Esperé unos segundos, creyendo que la persona que manejaba ese auto había olvidado algo en casa y había decidido bajar corriendo por ella. Al ver que nadie regresaba, toqué el claxon. Nada. Bajé del auto y me acerqué al auto. Para mi sorpresa, el conductor aún se encontraba ahí, colocado de frente al volante.

—¡Eha, amigo, está bien? —dije con una voz que intentaba sonar fuerte. No obtuve ninguna respuesta. Toqué el hombro del tipo empujando levemente. El cuerpo se inclinó al lado opuesto cual si se tratara de un árbol derribado. Supe que algo no andaba bien, así que decidí regresar al auto.

Retrocedí un poco y opté por tomar otra ruta. Sea lo que sea que le haya ocurrido a ese tipo, no era de mi incumbencia, y dadas las circunstancias debía llegar rápidamente a casa de Valek.

Tomé el móvil y traté de llamar a otro de mis amigos, Albert, un tipo con el cual Valek y yo habíamos entablado amistad durante algunas reuniones en un centro de entretenimiento donde rentaban videojuegos. Sin darnos cuenta, se había convertido en un muy buen amigo, más en mi caso que en el de Valek, y me preocupaba que estuviese en una situación similar. La señal del móvil parecía estar muerta, así que pensé que llegando a casa de Valek habría que llamarlo con el teléfono tradicional, si aún funcionaban.


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